domingo, 14 de septiembre de 2008

De vuelta al País de Nunca Jamás (2)


Siguiendo con el orden de la entrada anterior, comenzaré una de las tantas andaduras infantiles, juveniles y adultas que muchos de nosotros hemos tenido y tenemos. La viciosa vida consolera.

Con eso de la vuelta al pasado, ultimamente he estado recordando esos juegos antiguos que tantas horas me hacían disfrutar frente al monitor. Ahora la cosa ha cambiado, muchísimo, y en ciertos aspectos no me quejo, pero los maravillosos ratos que antaño disfrutábamos con los juegos de la vieja escuela ya han quedado atrás. El aspecto gráfico se ha puesto por encima de la calidad, aunque por suerte algunos juegos siguen siendo tan increíbles o mejores que los de antes.

Como muchos seguramente, mi camino videojueguil comenzó con ese juego tan mítico y a la vez tan estresante llamado Tetris. Al principio ni colores tenían los bloques, la música empezaba a crisparme a partir de la tercera partida y el puñetero enanito de la cima parecía reírse de mí cada vez que me desmontaba algún bloque. Eso sí, el juego hizo surgir en mi algo muy útil. Soy un ente del caos, vivo en un desorden apilado constantemente que, de forma irracional, se amontona sobre cualquier superficie plana (a veces ni eso) y encima conozco la localización de la mayoría de cosas a lo largo de la casa y el dormitorio. Prefiero no saber que habría pasado si el Tetris no me hubiese influido y sólo jugase a los castillos de naipes.

Por suerte abandoné a pronta edad la GameBoy y me metí de lleno en el mundo de una mucho más antigua: la Atari 2600.





La primera vez que la cogí pensé que se iba a desmenuzar entre mis manos. Por suerte no fue así y pude disfrutar durante largos años de algunos de sus juegos. Entre ellos recuerdo con nostalgia algunos de los más típicos, como el Pacman o el tenis de los palitos amorfos. Pero sin duda, el que más me gustaba era Pitfall, donde un aventurero con complejo de Indiana Jones te las hacía pasar canutas mientras sorteaba cocodrilos y serpientes venenosas al tiempo que saltaba sobre troncos y lianas. Eso sí, tenía un horario de juego específico, jamás despedacé el joystick antes de las 6 ni durante o después de ¡¡V!! Que gran serie...

Cuando la Atari se quemó (no literalmente, aunque casi), mi afición por los videojuegos se vio sutilmente mermada. Pero un año después, aproximándose las navidades, fui con mi padre a un videoclub a cuyo dueño conocíamos. Allí siempre había tenido puesta en un televisor alguna consola. Tuvo una temporada la Nes, la clásica con los cartuchos kilométricos, donde jugué alguna que otra vez con el fontanero de las setas. También alguna que otra vez a la Master System de Sega, pero ninguna de las dos me hizo tanto tilín como la Atari. No sé porqué, pero parecía que estuviese esperando el momento en que vi la grandiosa e imperecedera MegaDrive.



Esta ha sido la consola que más me ha tenido que aguantar. No sé cuantas horas de mi vida habrá absorvido, pero sin duda han sido muchas y de un goce extremo. Cuando vi aquel erizo azul que corría a toda pastilla, reventaba bichos robóticos y liberaba graciosos animalitos a su paso en la frenética batalla contra Robotnick, supe que tenía que ser mía.

Por mera deducción queda claro que ese fue el primer juego de Sega que cayó en mis manos. Bueno, ese y un 3 en 1 que venía con la consola. Incluía un juego de fútbol, uno de motos y el Columns (un juego similar al tetris, pero que personalmente me gustó mucho más... supongo que por el hecho de no tener un enanito riéndose y por los colores, son datos importantes cuando eres un crio de 5-6 años).

Rápidamente, Sonic se convirtió en mi héroe (o algo parecido). No pasaba un solo día en el que no jugase al primero que sacaron para la MegaDrive. Le cogí cierto odio a la fase del agua, a veces no lograba pasar de esa por mucho que quisiese, pero con el paso del tiempo cogí tal vicio que me pasaba el juego en una hora. Por suerte no se contentaron con sacar un único juego de Sonic y pronto vi el cielo abierto cuando me regalaron Sonic 2. ¡¡Sonic corría más y llevaba un zorro volador con él!! Si el primero me había enganchado, imaginad con éste.

Por aquel entonces, mi vena artística estaba en su punto algido. Me encantaba dibujar, y aunque la mayoría eran de un abstracto que ni el propio Picasso habría entendido, también dibujaba a las Tortugas Ninja (empezando por los pies y los huecos de las cintas, coderas y rodilleras), un Son Goku maleable y a Sonic. Tenía varios modos, parado y pateando el suelo como si se tratara de Tambor (el de Bambi), corriendo, o el más sencillo, saltando (sólo había que hacer un circulo, darle efecto de velocidad, ponerle alguna muestra de la cresta y colorearlo de azul).

Junto con el Sonic 2 fueron cayendo otros juegos. Entre ellos estaban Terminator y Predator 2. El de Terminator me aburría muchísimo al principio, por defecto estaba puesto en difícil y me resultaba imposible a esa edad pasar de la primera fase, donde te encontrabas en la guerra del futuro, tenías que enfrentarte siendo un humano contra las máquinas de Skynet, los Terminator y después de colocar una bomba salir pitando hacia el pasado. Imposible, al menos hasta que descubrí como se ponía en dificultad normal y pude pasarmelo... llegó a engancharme muchísimo, cosa que sucedió de primeras con Predator 2. No había visto la película aún, pero daba igual, el juego molaba. Consistía en llevar al poli por las calles de la ciudad matando yonkis y chungarras hasta que llegabas a las zonas de alienígenas predator. Eso sí, los 3 puntos rojos del arma siempre te perseguían... y si te daban reventabas en mil pedazos... pedazos que se estaban contra el cristal del televisor. Muy chulo.

Junto a estos, también tuve los míticos Golden Axe y Street of Rage, los cuales eran indiscutiblemente la forma más fácil de hacer amigos. Noches y noches veraniegas con amigotes repartiedo leña.

Después vino otro gran clásico no muy conocido: Dynamite Heady.



Llevabas a un monigote (el de la imágen) sin cuello, con un cabezón del 15 que iba dando cabezazos a todos los malotes que se encontraba. Su cabeza, aparte de ser mortal, se podía metamorfosear, dejando el careto amarillo típico por una cabeza de acero, una aspiradora, una bomba, encogiéndose, o enfermando y poniéndose feo feísimo. Aparte de ser el típico machacabichos de toda la vida, tenía minijuegos para conseguir puntos y vidas, entre los cuales me encantaba uno de baloncesto. Tenías 3 canastas y un cañón te lanzaba bolas para que tu, con tu enorme cabeza amarilla, les dieses y metiéses en las canastas. Muy divertido.

Uno de los juegos que ha marcado mi vida y más me ha gustado, lo conseguí gracias a un trueque que nunca tuvo vuelta atrás. Tenía el juego de los Picapiedra, estaba entretenido, pero no lo demasiado como para mantenerlo siempre. El caso es que un amigo vino a casa y empezamos a hacer los típicos intercambios. Yo le dejé el de los Picapiedra y él a mi los...


Somos pequeños... y suicidas...

Que gran juego. La mayoría seguro que lo conoceis, pero aún hay unos pocos que desconocen o desconocían la existenciade estos bichitos. A algunos ya les cayó en su momento una reprimenda con su consecuente recomendación. El juego trataba simplemente de llevar a los Lemmings desde una puerta a otra utilizando sus habilidad. Entre ellas podíamos encontrarnos con la excavación, la utilización de un paraguas para amortiguar la caída, el típico director de tráfico que paraba al resto de lemmings para que no siguiesen adelante... y la explosión. A veces me limitaba a jugar reventandolos... me gustaba el sonidito que hacían y la explosión a modo de fuegos artificiales.

Tras este gran juego, vino de nuevo la etapa Sonic. Ya algo más crecidito y con un cerdo de cerámica como hucha, fui ahorrando para comprar la tercera parte del erizo azul. Ya la cosa empezaba a ponerse más interesante, no sólo corrías más, seguías acompañado de Tails y podías convertirte en Super Sonic, ahora también te encontrabas con un nuevo rival y futuro aliado: Knuckles.


Aquí la historia parece tomar forma. Aunque sigue careciendo de dialogos o algo similar, nuestra imaginación llegaba a montarnos unas historias brutales, tal es el caso, que hasta jugamos a algo similar al rol con la historia de Sonic. Uno hacía de Sonic, otro de Tales y demás personajes, lo hacíamos todo más dramático de lo normal y nos tirabamos todo el verano dandole vueltas al tema.

Tras este sacaron Sonic&Knuckles, en el cual podías enchufar los otros juegos de sonic encima para jugar con Knuckles. Mientras Sonic solo contaba con su velocidad, Knuckles podía planear, escalar y derribar muros con sus nudillos, además de convertirse en Super Knuckles, claro.

La etapa Megadrive comenzó a ver su fin poco después de estos juegos, con la última adquisición que hice para la consola y que se convirtió en uno de mis juegos preferidos rápidamente. Se trataba de Light Crusader, un juego de rol en el que encarnabas un caballero rubio y perlada armadura, al que un reino había convocado para pedir su ayuda. Dicho lugar se encontraba amenazado por fuerzas oscuras que volvían locos a los hombres y mujeres del lugar. Había desapariciones, muertos... lo típico, y nuestro valiente caballero se adentraba en los misterios de la ciudad para investigar y resolver el problema. Entre dialogos e indagaciones llegamos a un cementerio en el que una tumba puede moverse a un lado y... !!unas escaleras descienden bajo él!! A partir de aquí comienza lo realmente divertido del juego, comienzas a enfrentarte contra criaturas demoniacas, consiguiendo magias, salvando doncellas en apuros y viendo una trama interesante que puede llevarte incluso al futuro, donde debes enfrentarte a un tanque, algo imposible de lograr si no estuviésemos mega petados de magias...

Y aquí llega a su fin la etapa consolera, comenzando a su vez la era informática. Aunque seguía jugando de vez en cuando a la consola, ya no fue lo mismo, tuve mi primer ordenador y empecé a darle uso como buenamente pude. Fue entonces cuando comencé a descubrir los emuladores, los juegos de estrategia y mi genero favorito desde ese momento, las aventuras gráficas.

Al principio me dejé influenciar por un amigo de la más vieja infancia. Él tuvo pc antes que yo y tenía un hermano mayor muy sabio en materia de juegos, así que con cada visita a su casa me cargaba de nuevas horas de juego. Primero fue el Quake, el primero de todos que con el volumen de mis altavoces a toda pastilla por las noches consiguió darme más de un susto. Después llegaron los Duke Nukem, Doom, y juegos similares que me dieron muy buenos ratos, pero con los que mejor me lo pasé, fuera de éste género, fueron Worms y Age of Empires, comenzando así nuestras andaduras estratégicas.

Con la llegada de internet empezamos a jugar más a este tipo de juegos, llegando también la era Diablo II, Starcraft y Counter Strike, pero nada fue tan poderoso como el Age of Empires.

Entre todos estos, fueron llegando poco a poco las aventuras gráficas. La primera de ellas llegó por uno de mis primos, que me dejó Monkey Island 3. Sí, empecé por el último de ellos de aquel entonces, no teniendo ni la más remota idea de que existían otros dos.

Me llamo Guybrush Threepwood y quiero ser pirata.

Como me reí con éste juego. Guybrush, un tipo acomplejado porque casi nadie logra conseguir pronunciar su nombre correctamente y que tiene complejo de pirata, se embarca en las más disparatadas aventuras contra el gran pirata zombie LeChuck. En esta parte, The Secret of Monkey Island, Guybrush empieza su aventura sentado en un coche de choque que flota en el inmenso mar, redactando una carta a su amada y pidiendo cosas que, según él serían imposibles de obtener pero que pasan por su lado sin él darse cuenta hasta que un tremendo cañonazo lo alerta y puede ver que se encuentra en medio de una batalla.

Como en las 2 entregas anteriores (que poco después adquirí y desmembré del mismo modo que la tercera) en esta nos encontramos con los mismos duelos de insultos, con charlas estúpidamente racionales, puzzles entretenidos y risas por doquier.


¿¿Llevas un recoge-platanos en el bolsillo o es que te alegras de vernos??

Junto al Monkey Island vinieron otras aventuras gráficas muy buenas, entre ellas Grim Fandango, donde llevas a Manny Calavera, un vendedor de paquetes de viaje de muerte. Consta de 4 episodios, cada capítulo comienza un año después el Día de los difuntos. Comienzas dirigiendo al personajillo para vender uno de estos paquetes al Señor Flores, y a partir de aquí comienza una trama conspiratoria en la que hay compañeros de trabajo con complejo de mafiosos, mujeres letales y perros enormes aficionados a los coches.


Mi guadaña, la guardo siempre cerca de donde estaba mi corazón

La saga de Broken Sword también tuvo su época en mi historia jugona. Otro juego que me encantó, en el que llevas un americano que acaba de llegar a París de viaje ocioso, y nada más llegar, sentado en el típico Café, ves como llega un payaso, deja un maletín en la barra y ¡¡¡BOOOM!!! A tomar por saco el local.


Inspector de policia: ¡Alto! ¡Detengase!
George Stobart: Soy inocente, soy americano.
Inspector de policia: Decídase.

Desde ese momento nuestro curioso protagonista americano no deja de meterse en problemas. Empieza a investigar el suceso sacando su vena Holmes, conociendo curiosos personajes a lo largo de la historia y terminando con soluciones tan interesantes como el mundo templario o movidas apocalipticas maya.

Hollywood Monster fue otro de los juegos interesantes de la época, uno de esos juegos que compartí con otro amigo, jugando los dos al mismo tiempo y generando conversaciones de recreo largas y entretenidas. En él, una fiesta de monstruos hollywoodienses tiene lugar, yendo al lugar con una periodista (Sue Bergman) a cubrir el reportaje de la celebración. Algo huele mal en la fiesta, y no se trata de los monstruos en alto estado de descomposición. La periodista termina desapareciendo y comenzamos la verdadero historia con Ron Ashman.



Ron descubre que han secuestrado a Sue y que han descuartizado a Frankenstein, hay partes suyas en todos los rincones terroríficos del mundo (hogar de Drácula, la Momia, Frankenstein o el Hombre Lobo). Tu misión es encontrar sus partes escondidas en los premios recibidos por estas estrellas de cine y encontrar a tu compañera, resolviendo así el enigma tras las cámaras.

La última aventura gráfica a la que he jugado es The Longest Journey, un juego en que llevas a April, una chica en plena crisis romántica adolescente que comienza a creer volverse loca por los sueños que tiene, comenzando a ver como esos sueños se sumergen poco a poco en la realidad que la rodea diariamente. En éste, tu misión es desvelar el misterio de porque sucede esto, llegar a la conclusión de que no estas loca y resolver el conflicto realidad/sueño que te rodea.


Cuervo: ¡April! ¡estas viva! ¡estas aquí! Estas ...calada hasta los huesos.¿Adonde habías ido? Creí que te habías ahogado. Me sentí completamente hundido. Y las nenitas de esta isla son tan remilgadas que no les interesa un besito como no estes establecido y tengas tu propio territorio. April: Me alegra saber que no has perdido el gusto por la conversación cuervo.

Supongo que podría resumir mi vida consolera en 3 etapas. La primera es la mencionada infantil con GameBoy, Atari y MegaDrive, dando paso a la segunda más adolescente con el Pc, los shooter, aventuras gráficas y juegos de estrategia. El pc ha sido durante muchos años mi única forma de adquirir videojuegos, al menos hasta hace 2 años, cuando me dio al fin la vena de reencontrarme con esa afición perdida y compré la Playstation 2 cuando ya había salido una tercera pero salía del alcance de mi bolsillo.

Una vez más comencé a jugar con un mando entre las manos y un monitor que no fuese el de Pc frente a mí. Los primeros que compré fueron Final Fantasy XII, Kingdom Hearts y uno de lucha de SNK. Antes se me olvidó mencionar este tipo de juegos, como Street Fighters, Mortal Kombat o King of Fighters, que aunque no ocuparon demasiadas horas individuales de juego, si lo hicieron con colegas o en innumerables recreativas, como el Bust a Move, que también tuvo su pique semanal obligatorio.

Siguiendo a estos 3 juegos, comencé a sumergirme en el mundo de PS2, siguiendo sagas como God of War, Final Fantasy, Dragon Ball Budokai Tenkaichi, Metal Gear Solid, Devil May Cry o Guitar Hero. Todos ellos consiguieron en su momento obligarme a trasnochar varios días seguidos, convirtiéndome en un ente nocturno y olvidarme de que la hora normal de sueño no es después del amanecer.

Con esta vuelta al mundo de las consolas, pronto me cansé de la PS2 (aunque sigo jugando de vez en cuando) y decidí avanzar en el terreno de la última generación, comprando la Xbox 360 y flipar en colorines.

Gears of War y Halo 3 fueron mis primeras adquisiciones para la consola de Microsoft... ninguno de ellos pasó del fin de semana en que la compré sin que ya nos los hubiésemos pasado un colega y yo. Aún así han seguido dandome muchas más horas de juego por sus niveles de dificultad, las partidas online y los logros... es algo que aunque sea una tontería engancha bastante.

Poco después me hice con Mass Effect, y se convirtió en uno de mis juegos favoritos rápidamente. Shooter y rpg cogidos de la mano en un mundo espacial donde la humanidad no es tratada como si fuesen más que meros primates. Meten caña y mola.



De éstos últimos juegos no estoy hablando demasiado, son más recientes y doy por hecho que la mayoría ya sabe de ellos. Aún así, más adelante es muy probable que haga alguna entrada dedicada en exclusividad a alguno de ellos (al igual que los antiguos, como Monkey Island, que la dejo pendiente).

Siguiendo con el hilo actual, abandonando la saga de PS2, compré Guitar Hero 3 y la Gibson de plástico de la 360, volviendo así a engancharme al maldito juego, esta vez compitiendo con gente de todo el mundo online y viendo que soy un patoso en comparación con los enganchados que hay por ahí.

Las últimas adquisiciones para la consola fueron el juego de Perdidos, que aunque no me decepcionó me pareció muy poco currado con lo que podrían haber llegado a hacer, Lost Oddyssey, con llantos casi asegurados en muchos de sus relatos, y Bioshock, que pese al miedo inicial se hizo un huequito enternecedor en mi corazón.


En realidad son adorables... ¡¡lo juro!!

Y con esto se acabó. Por un momento creí que jamás llegaría al final de la entrada... pero sí, lo he conseguido. Algunos juegos han quedado en el tintero, y como ya he dicho, otros han tenido una nimia y mediocre mención... pero prometo volver a retomarlos algún día con una entrada que haga honor merecidamente a su reputación.

Ésta ha sido, a grandes rasgos mi vida consolera. Es un gusto que espero nunca cambie, que me ha dado horas de interminable diversión, ha explotado mi imaginación al extremo y me ha dado conversación y gustos compartidos con muchos amigos. Espero que disfruteis de ésta entrada y de los juegos mencionados tanto como yo lo hice en su día y continúo haciéndolo. Y como dijo un sabio cantautor, yo sólo creo en mí y en Yoko Ono, que como final queda muy bien.