domingo, 31 de agosto de 2008

De vuelta al País de Nunca Jamás (1)


"...gira la segunda estrella a la derecha, volando hasta el amanecer..."


El País de Nunca Jamás, ese lugar maravilloso y fantástico poblado de niños perdidos que no quieren crecer ni tener contacto con la vida adulta, enfrentados a los viejos piratas capitaneados por Garfio. Un mundo en el que habitan las hadas, algunas tremendamente celosas, al igual que indios, sirenas y cocodrilos con un delicado apetito por los relojes.

Si no todos, la gran mayoría conocerá este gran mundo por la infantilizada obra de Disney, o su posterior película de manos de Steven Spielberg. Y quién, tras conocer la historia, no ha soñado con su mundo o poder dejar de crecer algún día y seguir manteniendo esa visión tan fantástica e (ir)real del mundo que nos rodea.

Esta sin duda es la principal razón de esta entrada. Llevo mucho pensando en aquellos tiempos en los que la mayor parte del día una enorme sonrisa se dibujaba en nuestras caras, aquellos días en los que lo que más nos importaba era que nuestros juguetes estuviesen a salvo de nuestros padres en el baúl ordenado que debíamos mantener, y que las historias que forjábamos con nuestros amigos en los ratos libres jamás fuesen descubiertas por los adultos (terribles monstruos aquellos).

No sé cuánto hace que perdimos aquella visión despreocupada del mundo, cuándo nos volvimos adultos y dejamos de lado tanto bien para todos nosotros. Crecemos, maduramos, nos sumergimos en un mundo estudiantil y laboral que nos agota, y al final, todo se nubla y borra la huella de un pasado que siempre debió estar presente. Es imposible no madurar, no crecer y cambiar ciertos aspectos de nuestra vida para que esta se adentre en el mundo sobre el que caminamos. Sin embargo, perdemos la magia de esos años, una magia que sólo unos pocos logran mantener, aguantar entre sus manos, y aunque la chispa se apaga en infinidad de momentos, con un leve soplo de aire fresco tiende volver a su cauce natural, devolvíendo la vitalidad innata de la que jamás nos separa.

Como decía, llevo un tiempo pensando en eso. Bastante de hecho, y con el que poco a poco he ido recordando muchos de aquellos años, unos más felices, otros más tristes, pero en definitiva, en los que tenía ciertas ideas del mundo, ciertos intereses y comportamientos frente a él que jamás debí perder. A ciertos amigos ya se lo he comentado en esas charlas que podrían ser interminables, que se apagan con un cigarro y comienzan con el deslumbrar de las estrellas en el cielo: intento volver a mis orígenes.

Orígenes que no borran todo aquello que he aprendido y considero como bueno, sino orígenes que recuperan cosas pasadas, las devuelven al presente y mejoran lo ya creado. Nunca he dejado de ser un niño, soñar más estando despierto que durmiendo, o mostrar cierta despreocupación por algunos aspectos vitales para tantos que a mi terminan cansándome por considerarse, simplemente, adultos. Aunque irónicamente también me preocupo de más en ciertos aspectos, algo que poco a poco voy cambiando, llevando a la medida justa y necesaria para no sentir los terribles dolores de cabeza que se generan al final.

En definitiva, lo que quiero decir es que todos deberíamos mantener algo, por poco sea, por mucho que cueste, de aquellos fantásticos años. Olvidarnos en ocasiones de la realidad que contemplamos cada día, borrándola de nuestra mente siempre que podamos, actuando como esos niños felices y despreocupados que en algún momento fuimos, y observando el mundo con esos ojos tan maravillosos que tuvimos.

Y junto a todo esto, contaré algunas de aquellas historias tan fantásticas que tuvieron lugar en mi infancia, algo que nunca he olvidado pero sí he dejado relegado en algún lugar de la memoria a lo largo de los años. Historias increíbles, que nos hacían reír, soñar, maquinar e incluso mentir por primera vez con una conspiración a nuestras espaldas cuando tan sólo contábamos con 7 u 8 años.

. . .

El sonido de la campana anunciaba una vez más el fin de las clases. No sé cuántas veces he llegado a escucharla, ni cuántas veces he sentido como todo mi cuerpo se detenía unos segundos, volviéndose gelatinoso y dejando caer todo aquello que tuviese entre mis manos o incluso en mi mente. Escuchar al profesor se convertía en una letanía constante que me derrotaba, nublando los sueños que a cada instante querían dibujarse en mi mente... era como si su voz tuviese la magia de anular la imaginación.

Por suerte, el sonido de la campana también tenía su toque mágico. Nos devolvía las fuerzas y nos hacía recoger todo tan rápido que a veces no nos dábamos cuenta de que ya estabamos saliendo por la puerta. Y que sensación, salir... respirar aire libre de nuevo, no el viciado de los libros de texto, el estres y el aburrimiento que se cargaba entre los muros del aula. Solía preguntarme si los profesores alguna vez fueron niños... lo he dudado durante mucho tiempo, y aún ahora sigo dudando hasta que punto eso puede ser mentira.

Como todos los días al finalizar las clases, nos reunimos entre suspiros, con el siseo de las mochilas enganchándose a nuestras espaldas y las sonrisas de alivio surgiendo de nuestros labios cuando cruzábamos la última puerta del edificio, de vuelta al patio. La escuela no era una prisión, pero faltaba poco para llegar a serlo. La magia que contemplamos los primeros días se desvaneció tan pronto como pudimos verla, sólo regenerándose cuando el recreo comenzaba... pero como en la Cenicienta, tras la última campanada la magia volvía a resquebrajarse y los zapatos de cristal se desvanecían convirtiendo nuestros cubiertos pies en unos descalzos y doloridos.

Pero allí estábamos, una vez más, paseando por el patio del colegio, contemplando a lo lejos la puerta que nos sacaría un día más de aquel lugar... pero no sin antes encontrarnos con una nueva aventura, una ya creada que siguiese su curso, o una nueva tras olvidar aquellas que quedaron obsoletas por las mejoras de nuestras mentes.

- ¡Mirad! He estado dibujándolo en casa estos días y hoy al fin he podido traerlo.

- ¿Qué es?

- Parece una bañera con ruedas y cartones...

- ¡No!... ¿Es que no lo véis? Que poca visión del futuro tenéis...

- Es... ¿es algún tipo de avión?

- ¡Exacto! Como lo de las bicis de E.T. no ha funcionado, he pensado que esto si podría hacerlo. Se trata de una nave que funciona como si fuese una bicicleta. Cada uno tendría su espacio y sus pedales para que las alas se moviesen y así pudiésemos volar...

- Pero no puedes volar en una bañera con alas de cartón... ¡nos caeríamos!

- ¡Nooo! A ver, las alas estarían hechas de cartón, pero por dentro tendrían un mecanismo de hierro unido a los pedales. También las cubriríamos de plumas... los pájaros vuelan así... ¿por qué no nosotros?

- Si tú lo dices...

- Créeme, estoy seguro de que esta vez funcionará. Sólo necesitamos encontrar los materiales. Una bañera lo suficientemente grande para que entremos los 6, quitarle 6 pedaleras a las bicis y un manillar que sirva como timón de la nave. Bueno... también se podrían poner cojines para que fuésemos cómodos, con respaldo... un techo también iría bién, por si llueve... a ser posible negro, para que nadie nos viese.

- Sí, todo eso está muy bien, pero... ¿dónde vamo
s a guardar la nave? Es muy grande para hacerla y guardarla en el patio del colegio...

- ¡Pues claro! Lo tengo todo pensado ya. Podemos guardarla en el sótano de mi abuela, allí nadie se fijará con todos los trastos que hay ya. Así que... ese es el menor de nuestros problemas. Los problemas vienen con el momento en que nos reunamos... que cada uno vive en una punta...

- Eso es fácil. Lo único que tenemos que hacer es colocar bien la almohada bajo las mantas y salir en silencio de la casa...

- ¿Y si te escuchan?

- Pan comido. Finges estar sonambulo y vuelves a la cama... aunque al que le pasase ya no podría volver a salir... tendremos que pensar en un reserva...

Y el silencio se hizo cuándo la última palabra salió del último de nosotros. Los padres estaban cerca, esperándonos en la puerta del colegio y era un plan del que ellos no podrían ser partícipes. Pero claro, los adultos eran más astutos, como cualquier otro vi
llano de película. Conspiraban contra nosotros, siempre haciendo preguntas y truncando nuestros planes.

Al final, el proyecto se vio disuelto cuando sólo pudimos conseguir 3 pedaleras, un manillar oxidado, un par de cojines viejos, cartones de medidas absurdas y una linterna a la que le faltaban pilas. Fue un detalle importante del que nos dimos cuenta al final, sí ibamos a salir de noche necesitaríamos ver... y la linterna era la mejor opción.


Nunca pudimos volar en la nave, ni taparnos con el manto negro de invisibilidad ni reírnos a carcajadas de los tontos de E.T que sólo cogieron un par de bicis destartaladas. Nuestro plan era mucho mejor, pero no contamos con las leyes de la física, con el poder adquisitivo de nuestra edad, ni el afán de los padres por fastidiar todos nuestros planes. Por no contar que ellos tenían un extraterrestre de su lado...

Fue una gran decepción... y por mucho tiempo nos q
uedamos sin ningún plan como aquel. Ahora... cuando podemos, ya ni siquiera recordamos aquello... sólo algunos, y normalmente nos callamos porque hemos crecido, ya no soñamos... y sólo pensamos en el mundo que nuestros padres implantaban en nosotros sin saberlo.

Pero aquellos niños, seguirán creyendo que con 4 cartones y una bañera podían volar...


. . .




En algún lugar de la Tierra, hay una puerta que llega hasta otro mundo. Un mundo semejante al nuestro, con las mismas edificaciones, pero con el poder mágico inexistente en el nuestro. Ésa puerta jamás se ha abierto, está cerrada por una llave que no ha llegado a materializarse, y una gran cadena de sabios descendientes de los más puros linajes de Antigua siguen creyendo que jamás llegará a forjarse.

Ese mundo está en peligro... y sólo 4 niños, rendidos desde hace poco por la realidad lo sienten en sus temblorosas almas...

Sólo uno de ellos, dominado por el más denso aburrimiento, un día se fijó en un viejo libro olvidado en el más profundo rincón de la estantería del aula. Un libro polvoriento, agrietado y del cual las páginas se desprendían si no lo tocabas con la más alta delicadeza. Un libro que nadie en muchos años había cogido, ninguno de sus compañeros, y por su apariencia, ningún profesor... pero alguien tuvo que leerlo, hace mucho tiempo...

Entre sus páginas había mucho texto y pocos dibujos, algo a lo que dada la edad no estábamos acostumbrados. Sólo había uno... en la segunda página, dónde 2 medallones rajados por el centro, uno amarillo y otro verde, se entrelazaban con un extraña aura plateada rodeándolos, con una puerta tras ellos que comenzaba a abrirse, mostrándo la luz tras ella en un cuarto totalmente a oscuras.

Los días, las semanas y los meses pasaron hasta que pudo dar fin a las interminables líneas de texto que lo poblaban. En algunos momentos no entendía lo que decía, tenía un lenguaje enrevesado y por mucho que fuese con las palabras apuntadas a los mayores para preguntar su significado, poco más consiguió entender.

Una tarde, mientras dibujaba los amuletos en un arrugado folio de papel, 3 de sus compañeros llegaron a las escaleras donde se encontraba. Alzó la vista, dobló la hoja, y levantándose caminó junto a ellos. Había pensado durante largas noches en contarle lo que pensaba, lo que había leído de aquel libro y lo que, pese a su poca convicción en ello, creía que podía ser verdad... pero temía que lo tomasen por loco.

- ¿Qué haremos hoy?

- No lo sé... ¿compramos unos petardos?

- Siempre hacemos lo mismo. Ya va siendo hora de cambiar, hacer algo nuevo... ¿no?

- Sí... ¿pero qué?

El silencio se hizo. La monotonía era algo que comenzaba a hacer mella en su amistad, convirtiendo cada tarde del viernes en algo aburrido, repetitivo y que no sacaba ni una sola sonrisa, cuando antes era algo que podía verse en cada instante. Tan fácil fue... que ahora no lograba entender como podía haber cambiado tanto su situación.

Anduvieron largo rato, el sol comenzaba a caer sobre el mar, ahogando sus llamas en el infinito salado que los rodeaba. El silencio ahogaba sus voces, tan sólo quebrantado por el pasar de los coches en una carretera lejana... y entonces, el valor lo inundó como años atrás lo había hecho...

- ¿Qué nos ha pasado?

- ¿Eh?

- ¿A qué te refieres?

- Antes no eramos así. Siempre teníamos algo que hacer, algún plan... por estúpido que fuese, pero nunca nos aburríamos como ahora. ¿Por qué nos hemos vuelto así?

- No lo sé... serán cosas de la edad. Mis padres ya apenas hablan en casa salvo para comentar cualquier chorrada de su trabajo, y mis abuelos ya ni eso... no trabajan, sólo se mecen en las butacas a la puerta de su casa...

Una vez más el silencio los rodeó, ahora, junto a los coches, sólo se escuchaba el sonido del chicle y el estallido de las pompas. Pero esta vez no duró demasiado, cosas del valor...

- Mirad, hace poco leí un libro en clase... un libro muy viejo. ¿Lo habéis visto?

- No, llevo ya mucho tiempo sin coger ningún libro de clase... prefiero llevarme mis comics.

El resto se limitó a negar.

- Pues en el libro decía que, tarde o temprano, a todos nos pasaría esto. Que cambiaría nuestra vida, que dejaríamos de divertirnos como cuando éramos niños y que, al final, todo sería gris ante nuestros ojos. Pero que hay una solución...

- ¿Todo gris? Eso es imposible...

- Es una metáfora... o eso creo. El caso es, que el libro dice que eso es por culpa de este mundo, y de que la puerta que lleva al mundo real lleva mucho tiempo cerrada y éste está contaminandolo...

Siguió contando la historia. Que algún ser malvado del cual no se menciona el nombre en el libro cerró la puerta con un hechizo, un hechizo sencillo, que sólo deja la puerta visible a los niños y oculta a todos los que terminan por crecer. Los niños, cuando lo son, siempre estan atados por los adultos, privandolos de la libertad de ir a cualquier lugar que deseen... y por ello, jamás han podido abrir esa puerta. Él cree que... esa puerta debe ser abierta, y que son ellos quienes deben abrirla...

- Sí, claro. Eso es imposible... ¿sabes cuántas puertas puede haber en el mundo? Es más, pasando de eso... ¿cuántas puertas puede haber aquí? No me lo trago... ni que fuésemos Flash y pudiésemos correr a la velocidad de la luz. No tendríamos tiempo en toda nuestra vida de encontrarla, claro está, dando por hecho que eso sea posible...

- ¿Y por qué no? ¿Qué perdemos por intentarlo?

- ¿El tiempo?

- ¿Qué tiempo?... ¿El que llevamos perdiendo durante meses sin hacer nada?

Un nuevo parón cargado de silencio. Esa era la pura verdad, estaban perdiendo el tiempo... y parecía que aquel comentario había sido el pistoletazo de salida que los despertase del sueño bajo el que se encontraban inmersos. La realidad les dio su cruel bofetada... y comenzaron a creer, en cierto modo, en lo que decía aquel libro. No tenían nada que perder, eso era lo cierto...

- Bien, ya que estamos todos de acuerdo, os diré el plan. En el libro no se hace mención a ello, pero creo que la clave es encontrar los medallones que salen en una de sus páginas. - de uno de sus bolsillos saca el folio arrugado, en el que había dibujado los medallones partidos, 4 exáctamente... verde uno y amarillo el otro. Demasiada coincidencia quizás. - O hacerlos, no lo sé. El caso es que cada uno debemos tener una de las mitades... porque hay que encontrar la puerta y la llave que la abre. Creo que cada uno de los colgantes tiene su función, es posible que uno de ellos tenga el poder de arrastrarnos hasta la puerta mientras que el otro hacia la llave... o algo de eso, no estoy seguro. De lo que sí estoy seguro, es de que todos debemos creer en esto si queremos llegar algún día a dar con la puerta, la llave y los medallones. Todos, ninguno puede fallar... de ser así, todo sería en vano.

- Eso está hecho, yo creo. Prefiero aferrarme a algo que podría ser imposible o de locos antes que a ésta aburrida realidad. Cuenta conmigo.

- Lo mismo digo.

- Perfecto. ¿Cuáles serán las parejas entonces? Deberemos dividirnos para ir más rápido.

- No lo sé, eso ya lo iremos viendo... de momento tenemos que buscar los medallones. Id con cuidado, observando todo... ¿Vale? Con un poco de suerte no tardaremos...

Pero no fue así. Las semanas pasaron, y los únicos medallones que encontraron eran de sus abuelas, guardados en los joyeros de sus casa y ninguno era amarillo ni verde. Cansados de buscar llegaron a la conclusión de que tenían que hacerlos ellos mismos... pero cómo, no sabían manejar el metal.

- Con cartón. Sería lo más sencillo... y como ya dijimos, si todos creemos debería funcionar, ¿no?

- ¿Cartón? Tío... esto no es un juego de niños, deberíamos poder currarnoslo un poco más...

No, no podían. No tenían dinero, ni podían encargar nada sin él. Al final tuvieron que contentarse con el carton y unas temperas viejas guardadas a saber donde, además de unos pinceles prácticamente calvos por el poco uso que se les había dado.

Entre los cuatro cortaron los medallones del cartón, los pintaron del color que debían ser y les pusieron un cordel con el que poder colgarselos al cuello. Ya estaban hechos, pero nada ocurrió cuando los llevaron todos. Ni siquiera cuando unieron las mitades. Algo fallaba... quizá muchas cosas, pero tras la desilusión, hubo un tiempo en el que no se dieron por vencidos.

Los meses pasaban y seguían llevando los medallones bajo las camisas cuando se veían, seguían soñando con aquella puerta, la llave y el mundo que tras todo eso se ocultaba. Querían vencer a la realidad, encontrar esa chispa de ilusión que les había sido arrebatada... pero nunca llegó. No vieron la puerta, ni la llave... ni nada...

...y todo porque uno de ellos nunca llegó a creer realmente...

Había envejecido antes de tiempo, aunque tarde o temprano, todos terminaron haciéndolo. Olvidaron la puerta, el mundo que había tras ella y los medallones con los que creían poder hacer algo. Sólo un recuerdo quedó en el más oscuro rincón de un baúl, donde guardaron en una caja de puros los colgantes. Un recuerdo abierto hace años y que, de algún modo, ha hecho que nunca esa chispa fantástica se haya desvanecido, creyendo que, aunque no haya un mundo fantástico tras ninguna puerta, los sueños pueden llevarnos a viajar de vez en cuando a él y otros mundos...

miércoles, 27 de agosto de 2008

The beginning

Lo único que veía era el blanco, el inmaculado tono de la nieve cayendo sobre mí descendiendo del enorme manto manchado de estrellas al que llamamos cielo. Maldita sea la nieve y la oscura carretera de pueblo que nos aguardaba hasta la ciudad. Ni luces, ni coches... nada, sólo yo, el coche...

...y Charlene...

Mi corazón da un vuelco cuando recuerdo su nombre, que iba junto a mí... y la culpa invade cada fibra de mi cuerpo por ser yo quien iba al volante. El sueño debió llegar antes de lo que esperaba, como siempre suele hacer. De pronto, sin avisar... pero este no era un buen momento para contemplar las tan típicas fantasías que bordan mis sueños.

A mi mente viene el accidente como si fuese una película de cine mudo en blanco y negro, en el color de los recuerdos pasados. El choque fue muy duro. Hubo un silencio que no era silencio, el motor se cortó, pero se oía un zumbido debajo del capó... y la cinta seguía sonando.

Cada día” - cantaba - “Se va acercando rápido como una montaña rusa...”

No había muerto, eso estaba claro. Mis ojos vuelven al presente, busco el coche, pero no hay suerte. Debió quedar muy atrás, en alguna parte que mi mente es incapaz de recordar. La respiración de Charlene a mi lado me da fuerzas, aún sigue viva. Debo volver a la carretera y buscar ayuda...

La tomo en brazos, pesa más de lo que querría, pero no es momento para delicadezas. Camino, sin noción del tiempo ni del espacio... nada. Sólo sé que ando todo cuanto mis piernas me permiten hasta caer rendido, dejando el cuerpo sobre la nieve tan suavemente como puedo.

  • Eh, chico. Eh... sentarse en la nieve no es lo más inteligente que podrías hacer dadas las circunstancias.

  • ¿Quién?... - mi voz surge áspera, como el papel de lija sin estrenar. Miro a cada lado, y no hay más que nieve y estrellas... - ¿Hola? ¿Hay alguien ahí?

  • ¿Dónde?

  • Aquí.

  • ¿Aparte de mí? Bueno, estoy aquí, al menos es lo que digo. Y al contrario, si no estuviera, no habría dicho nada.

Miro alrededor una vez más, pero no hay nadie, nada... sólo Charlene, yo y un infinito de nieve y estrellas. Debo estar volviéndome loco...

  • Necesitas ayuda, chico. Esta jovencita y tú. Eso rojo es sangre, debería estar dentro. Mala señal si no lo hace. Hm... ahí arriba está la posada. Pero debes estar seguro de que está, porque si no lo estás, sólo verás luciérnagas y árboles. Por ahí, nada más, arriba.

  • No puedo ni levantarla ni moverme ni levantarme.

  • Ah bueno, encantado de ayudar, chico.

Y entonces, cuando la voz desapareció, un fuerte dolor, como si me clavaran agujas en el pantalón me levantó. Un animalito se escurrió entre la nieve... un erizo...

Recogí a Charlene y continué, descubriendo una vez más que la nieve cambia completamente el paisaje. No podía ni encontrar la interestatal, pero encontré un camino de campo... y al final del camino, vi la luz.

  • ¿Luciérnagas?

Fue un instante en el que mi vista pareció cansada, pero de pronto los arboles y las luces de los bichos cambiaron para tornarse claras y mostrar la enorme casa de madera. Sólo un cartel junto a las sombras del interior llamó mi atención, aunque no demasiada.

Worlds' end – a free house”, junto con la imagen de la casa a lomos de un acantilado.

En cuanto pude abrir la puerta, del interior sólo surgieron voces, todas diferentes, algunas en un idioma en el que en primera instancia no pude entender más que meros sonidos, insignificantes, distantes y extraños, pero poco a poco todas fueron formándose, uniéndose y creando el idioma común.

  • ¿Quién es el siguiente?

  • Ah, oí una historia en Abdera, sobre un espejo hambriento de bronce batido.

  • ¿Esa antigualla? Puedes mejorarlo, Menton.

  • Muy bien...

Cuando se percataron de mi presencia, todos se detuvieron y giraron hacia mí. No había ningún rostro conocido, todos salvo excepciones eran seres sacados del más fantástico de los sueños. Sin embargo, todos parecían preocupados al vernos. No puedo asegurar que pasó a continuación, sólo sé que pedí ayuda para Charlene y un hombre con cuerpo de caballo y larga barba gris se acercó hasta nosotros.

Estaba nervioso, alterado e incluso mareado por el esfuerzo y lo absurdo de la bienvenida. Recuerdo que di un trago, un sorbo de una taza caliente... y todo se volvió oscuro, cálido y...

...cómodo...

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Con esto pretendía hacer algo parecido a una breve introducción que mostrase en cierta medida como se llega a la posada de la que ha recibido el nombre este rincón. Aún así, quedan muchas cosas por desvelar de ella y prefiero narrarlas abiertamente sin introducirlas por medio de una historia, se haría demasiado largo y en ocasiones tanta letra y palabra junta puede resultar pesada sino se utiliza de forma adecuada. Así que prefiero ser cauto y no estropear el principio de este nuevo lugar en el que pretendo estar más tiempo del que he podido en todos los demás. Aunque quizás ya lo haya hecho.

Como diría la posadera del lugar, no se puede llegar hasta la Posada del Fin de los mundos. La suerte lleva hasta ella, o quizá el Destino, pero sólo Él es capaz de decirlo a ciencia cierta cuando pase la página del enorme libro encadenado que lleva siempre consigo.

Cuando ocurre algo grande, una tormenta de realidad, por ejemplo, la suerte puede llevarte hasta éste lugar. Es un refugio para los habitantes de los mundos reales, un lugar que no se encuentra en ninguna parte y que se domina y rige únicamente por sí mismo. No entiende de física, ni ciencia, ni realidad. Sólo está, o no puede estar. Puedes verla en un momento como una pequeña posada y al siguiente instante transformada en el más grande de los salones porque se ha quedado chica para tantos viajeros.

Nada es inmutable en la Posada del Fin de los Mundos, nada salvo las historias.

Es la más antigua de las tradiciones, todos los viajeros tienen una historia que contar y su momento para hacerlo si es que lo desean. Y eso precisamente es lo que pretendo hacer aquí. Se contarán historias, de cualquier tipo. Aunque no sólo será eso, pero es lo que me llevó a elegir este nombre y con el que invito a cada uno de los viajeros que visiten el lugar a que cuando quieran cuenten su historia. Sea cual sea, real o imaginaria, inventada o escuchada... lo que sea.

Aparte de esto, como en toda buena posada que se precie, aquí tendrán cabida todo tema tratable, desde algo interesante visto en cualquier lugar, hasta el más pequeño o insignificante detalle del más corto de los libros. Así que, con total esperanza de que este sitio dure más que el resto de lugares que he creado, espero que os guste. Hasta más ver.